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Zorah sur la terrasse”/Matisse à Tanger (Abdelkader Djemaï) (Ch. 2)

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Si vous me le permettez, je voudrais à present vous parler d’un autre port aux eaux basses, celui d’une ville bleue comme vous la nommez.

Il s’agit de Tanger où, à quarante-trois ans, vous débarquez après trois jours de traversée et deux mois avant que le protectorat français ne soit officiellement établi.

Votre ami, le peintre Albert Marquet, qui y a séjourné, vous a suggéré l’idée de ce voyage. Vous arrivez lundi 30 janvier 1912 à quinze heures. Cet après-midi-lá la mer reste agitée et votre épouse, Amélie Noëlie Matisse, née Parayre est avec vous sur le Sar Ridjani. Le paquebot a mouillé au large, puis des embarcations vous ont ramenés à quai dans un désordre indescriptible qui effraya a votre femme. Depuis deux semaines il pleut à torrents, la tempête a détruit des lignes télégraphiques et le courrier n’est pas réguilièrement assure. Vous n’avez pas de chance, le temps  sera, Durant ce premier séjour, souvent aux orages, au deluge à la drache comme on dit chez vous, en Picardie.

Pendant Presque un mois à l’extrême pointe du continent, la ville, d’habitude calme comme un oranger d’Andalousie, est dans les mains du vent, du froid et de la boue qui colle à vos semelles. En face d’elle, au cap Spartel, l’océan Atlantique et la mer Méditerraneée sont, depuis des siécles, noués par un ruban indéfaisable et invisible.

Vous occupez, au second étage de la Villa de France, la chambre 35 qui est petite, avec deux fenêtres et une salle de bains. La route pentue qui conduit à l’établissement est pavée de cailloux ramassés sur la plage. Il n’y a pas longtemps les bêtes venaient brouter jusque sous ses murs. Malgré ses jardins, ses fontaines et son patio aux belles mosaïques, l’hôtel, tenu par une certain madame Davin, est de qualité moyenne. Mais vous avez vue sur la baie, et cela vous ravit.

Debout dans vos bottes et avec vos éperons de cavalier, le buste légèrement dressé, le front haut et le costume bien coupé, on vous voit, sur une autre photo, au milieu de la chambre avec  Amélie . Près d’elle, votre “paysage vu d’une fênetre” que vous venez d’achever est accroché sur le mur sans cadre et un peu de guingois. Vous avez ôté votre chapeau, elle a gardé le sien sur la tête.  Il est diffétent de celui du portrait que vous avez peint d’elle “La Femme au chapeau”, qui a provoqué un scandale retentissant au Salon d’automne de 1905.

Sur cette photo, prise par votre ami le peintre Charles Camoin, Amélie, l’allure décontractée, porte un longue echarpe et un ensemble, noir, comme votre barbe, qui tombe sur ses bottines à hauts talons. Dans sa main droite, elle tient comme un arme une sorte de badine. Sa moue légère et son air déterminé semblent dire qu’elle n’a touours pas peur de cette ville au statut particulier. Une ville de quatre à cinq mille habitants réputée sulfureuse pour ses trafiquants, ses  pedérastes, ses proxénètes, ses espions et ses diplomates drogués.


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Si usted me lo permitiera, me gustaría hablarle de otro puerto de aguas poco profundas, un puerto de una ciudad azul, como usted la llama.

Se trata de Tanger, donde a los cuarenta y tres años, usted desembarca después de tres días seguidos de travesía y dos meses antes que el protectorado francés estuviera oficialmente establecido.

Su amigo, el pintor Albert Marquet, que ha estado allí, os ha sugerido la idea de este viaje. Llegó un lunes 30 de enero del año 1912 a las tres de la tarde. Ese medio día, el mar estaba agitado y su esposa, Amélie Noëlie Matisse, nacida en Parayre está con usted y con el Sar Ridjani. Tras dejar el  barco anclado frente a otras embarcaciones, les llevaron al muelle donde reinaba un desorden indescriptible que asustaba a su esposa. En las dos semanas siguientes, llovieron torrentes, la tempestad destruyó las líneas de telégrafos y el correo no funcionaba con regularidad. Usted no tuvo elección, ya que el tiempo durante su estancia estuvo dominado por las tormentas, “un tiempo de perros”, como se suele decir.

Durante casi un mes en la punta más extrema del continente, la ciudad, habitualmente en calma como un naranjo de Andalucía, está en manos del viento, del frío y del barro que se pega en las suelas. Frente a este lugar, Cabo espartel, el Océano Atlántico y el mar Mediterráneo, durante siglos, atado con una cinta inefable e invisible.

Alojado en la segunda planta de la “Villa de France”, la habitación 35, pequeña con dos ventanas y su cuarto de baño. La ruta empinada que lleva hacia el establecimiento esta pavimentada de cantos y conchas encontradas en la playa. No hace mucho tiempo los animales pastaban en el marco de sus muros y, a pesar de sus jardines, fuentes y sus patios con hermosos mosaicos, el hotel está custodiado por una tal madame Davin, con una calidad media. Sin embargo, usted está alojado con vistas a la bahía, y con eso le sobra.

De pie en sus botas y las espuelas de su jinete, el pecho ligeramente dibujado,  la frente alta y el traje de buen corte, se le ve en otra foto en el centro de aquella habitación con Amélie. Cerca de ella, su “paisaje visto de una ventana” que acababa de completar cuelga de la pared sin marco y un poco torcido. Cuando usted se ha quitado el sombrero, su mujer mantuvo el suyo en su cabeza.  De manera diferente al retrato que realizó de ella “la mujer con sombrero” que provocó tanto escándalo rotundo en el Salon de otoño de 1905.

En esta foto, tomada por su amigo el pintor, Charles Camoin, Amélie, con una mirada casual, viste una larga bufanda y un conjunto negro como barba que cae sobre sus tacones altos. En su mano derecha, ella aguanta, como un arma, una especie de muñeca. Su ceño levemente fruncido y su aire determinado parecen decir que no tiene miedo a esta ciudad a estatus particular. Una ciudad de cuatro a cinco mil habitantes conocida por sus traficantes, sus pederastas, homosexuales, proxenetas y corrupción.

Carlos Monedero.

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